Recordando a George | WWF

Recordando a George

Posted on 09 November 2018    
Luis Germán Naranjo, Director de Conservación de WWF-Colombia
© WWF-Colombia / Andrea Parra Jiménez
por Luis Germán Naranjo, Director de Conservación WWF Colombia*

*Artículo publicado en sostenibilidad.semana.com



Hace algunos años, durante una breve visita a las islas Galápagos, conocí al último sobreviviente de una subespecie de tortuga terrestre exclusiva de la isla Pinta. 
 
Además de memorable, la experiencia de contemplar en su senectud al muy famoso “solitario George”, languideciendo fuera de su isla natal y sin la más remota posibilidad de encontrar a alguien remotamente cercano a su configuración genética, me pareció la última expresión de abandono y me puso de cara al fenómeno de la extinción.
 
El encuentro con esta vieja tortuga me hizo también entender que la extinción puede tener varias dimensiones y que lo que está en juego con la desaparición de cada especie no es siempre lo mismo.
 
Por ejemplo, la naturaleza de las especies insulares determina que, además de estar confinadas, sus poblaciones tengan topes más limitados que los de las que ocupan espacios geográficos mayores.
 
De forma que la extinción de la tortuga de la isla Pinta (el 24 de junio de 2012 Solitario George y con él, la última expresión de su linaje genético, dejaron de existir) era un evento esperado.
 
Por otra parte, la extinción de especies con amplias distribuciones conlleva un significado distinto.
 
Contar con grandes poblaciones ofrece la posibilidad de tener un acervo genético de reserva para futuras contingencias, que se refuerza gracias a su adaptación a las diversas condiciones presentes en una amplia geografía.
 
Pero a pesar de estas salvaguardas, seres como la paloma viajera de Norteamérica tuvieron su ocaso en épocas históricas, demostrando una vez más el sino inevitable de todos los seres vivientes.
 
Tarde o temprano, todas las especies llegan a su fin y si pudiéramos mirar las comunidades biológicas que han ocupado cualquier región a lo largo de los siglos, veríamos los cambios de su composición como una imagen caleidoscópica en cámara lenta.
 
Sin embargo, la velocidad a la cual cambia esta visión puede acelerarse, cuando quien se extingue es un organismo cuyo papel en la economía de la naturaleza es, de alguna manera, desproporcionado.
 
Los depredadores, por ejemplo, desempeñan una función crítica al regular las poblaciones de sus presas y así determinan la estructura de la vegetación de la cual éstas se alimentan.
 
Lo cual explica el peligro que entraña la disminución alarmante e inminente desaparición de los grandes animales carnívoros de todos los ecosistemas.
 
Pero sea cual fuere el tipo de ser vivo que se extinga y a pesar de la inevitabilidad del fenómeno en el largo plazo, el hecho es que, desde el inicio del Holoceno, hace alrededor de 10,000 años, los seres humanos hemos estado involucrados en el proceso y esto debería, cuando menos, llevarnos a reflexionar acerca del significado de la extinción en términos éticos, estéticos y funcionales.
 
Desde el punto de vista ético, cabe preguntarse hasta qué punto tenemos el derecho de sobreponer nuestras ambiciones a los factores que limitan la existencia de otros seres vivientes.
 
Es una pregunta de difícil abordaje, pues su resolución entra en conflicto con intereses tan básicos como la producción de alimentos. 
 
La disminución dramática de la distribución del jaguar en las Américas, por cuenta de la expansión de la frontera agropecuaria, debería llevarnos a pensar en el costo de los modelos de desarrollo que se proyectan para regiones como la Orinoquia o la Amazonia.
 
El número de especies de aves silvestres amenazadas sigue en aumento, lo mismo que el de monos, orquídeas y bromelias, entre muchos otros organismos que, para nosotros los humanos, no representan mucho más allá de un regalo para los sentidos.
 
Este hecho debería llevarnos a pensar acerca de nuestra falta de sensibilidad para apreciar la belleza incomparable de cada ser vivo, único en su improbabilidad, e irrepetible en su singularidad.
 
Si fuéramos capaces de percibir esas cualidades, quizás estaríamos más dispuestos a velar por su cuidado. Y a lo mejor, tendríamos más presente el principio de precaución, por el que se aboga siempre al preguntarse sobre las consecuencias que puede tener para nosotros la desaparición de especies silvestres.
 
El inventario de la biodiversidad es todavía limitado, como lo demuestra el frecuente descubrimiento de nuevos organismos, incluso en regiones supuestamente bien estudiadas.
 
¿Cuántos microorganismos, hongos, plantas y animales cuya existencia ni sospechamos, desaparecen cada día? ¿Qué significa la pérdida de estos seres incógnitos para la integridad de los ecosistemas de los cuales forman parte?
 
Es éste el tipo de interrogantes que debemos plantearnos cuando estamos ad-portas de una sexta extinción masiva.
 
Hacernos responsables por las consecuencias de nuestros actos para los demás seres que habitan este planeta debería ser un principio fundamental del proceso civilizatorio en el que supuestamente seguimos embarcados.
 
De no hacerlo, es muy probable que nuestra especie consiga un puesto preferencial en la fila que no tiene retorno.
Luis Germán Naranjo, Director de Conservación de WWF-Colombia
© WWF-Colombia / Andrea Parra Jiménez Enlarge

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