Yo, ecosistema | WWF
Yo, ecosistema

Posted on 25 July 2018

Mi madre contaba que, en su infancia, alguna vez vio una guitarra que tenía pegada una calcomanía de una guitarra en la que había dibujada una guitarra más pequeña y ésta, a su vez, tenía el mismo adorno.
Por Luis Germán Naranjo, director de Conservación de WWF-Colombia*

*Columna publicada originalmente en sostenibilidad.semana.com


Mi madre contaba que, en su infancia, alguna vez vio una guitarra que tenía pegada una calcomanía de una guitarra en la que había dibujada una guitarra más pequeña y ésta, a su vez, tenía el mismo adorno. Esa experiencia le permitió, a esa niña remota, sentir por primera vez el vértigo que ocasiona asomarse al infinito.
 
Esa sensación no es universal a pesar de que vivimos en un mundo en el que unos objetos son contenidos por otros en una especie de empaquetamiento telescópico. A lo sumo, captamos la idea del infinito cuando pensamos en nuestro planeta como un ínfimo punto azul, perdido en la inmensidad de la galaxia, gracias a la famosa metáfora divulgada por Carl Sagan hace un par de décadas. Pero muy pocas veces vislumbramos el infinito mirando hacia adentro.
 
Por ejemplo, concebimos los ecosistemas como unidades espaciales lo suficientemente grandes como para que en ellas coexistan minerales, distintos tipos de plantas, animales herbívoros, depredadores y descomponedores. Su tamaño, en nuestro imaginario, es suficiente para que podamos reconocerlos por atributos singulares de composición y estructura. Y, con base en dichas propiedades, hacemos su delimitación cartográfica, e incluso llegamos a creer que su realidad es independiente de nuestras descripciones.
 
Aunque esta forma de ver los ecosistemas no tiene nada erróneo, oculta fenómenos y procesos que tienen lugar a diferentes escalas. La mayoría de nuestros conceptos ha sido construida a la escala espacial dentro de la cual nos movemos cotidianamente y dicha aprehensión del mundo nos impide entender que los sistemas ecológicos funcionan en distintas dimensiones.
 
En primer lugar, el modelo de ecosistema que aparece en la mayoría de los textos tiene un indudable sesgo terrestre. El concepto que enseñamos en las escuelas ignora a los océanos y, al hacerlo, oculta algunas de las dinámicas ecológicas más fascinantes que conocemos. En el mejor de los casos, imaginamos al mar como un inmenso ecosistema y eso nos hace perder de vista los incontables mundos que encierra.
 
Un segundo ocultamiento tiene lugar en relación con los seres que ocupan espacios habitualmente por fuera de nuestro alcance inmediato. Las cavernas, las capas profundas del suelo y las fumarolas de los volcanes, entre otros hábitats, son verdaderos microcosmos en cuyo interior tienen lugar flujos de materia y energía, los cuales sostienen comunidades completas de organismos. Y esto los convierte, por definición, en ecosistemas tan válidos como un arrecife de coral, una selva lluviosa o un páramo.
 
Finalmente, la escala espacial a la cual acostumbramos concebir los sistemas ecológicos ignora la inconmensurable diversidad de especies cuya existencia transcurre por completo sobre otros organismos o incluso dentro de ellos. Pocas veces nos detenemos a considerar la posibilidad de que fenómenos tales como el parasitismo y el comensalismo sean mucho más que relaciones entre dos especies. Sin embargo, la literatura ecológica está repleta de ejemplos que nos permiten viajar entre mundos que se contienen unos a otros.
 
Las bromelias que viven sobre las ramas de los grandes árboles de las selvas tropicales tienen en sus raíces hongos que les permiten captar nutrientes. Sus inflorescencias atraen insectos que son depredados por pequeñas ranas, cuyos renacuajos nadan en el agua que se deposita en las axilas de la planta, en donde se alimentan de algas. Los desechos de estos animales nutren una diversa comunidad de microorganismos. Así, una planta individual puede ser un sistema ecológico por derecho propio.
 
Como lo es cualquiera de nosotros, arrogantes bichos que inventamos conceptos para explicar el mundo. Además de la flora intestinal, portamos en nuestros cuerpos una multitud de seres inadvertidos. Pequeños ácaros que se alimentan de células muertas en nuestro cuero cabelludo y en los folículos de nuestras cejas y pestañas. Hongos y bacterias comensales que aprovechan materiales de desecho de nuestra epidermis y, por supuesto, parásitos de diversos tipos cuya presencia solamente advertimos cuando estamos enfermos.
 
Cada ser vivo no es entonces más que una diminuta muñeca rusa contenida dentro de una colección de figuras mayores y al mismo tiempo un mundo entero del que deriva su existencia una infinidad de criaturas. Sin que nos percatemos, el delicado balance de las relaciones entre la multitud que nos habita determina nuestro bienestar, de la misma forma que las interacciones entre los seres vivos y la materia inerte definen la integridad en cualquier ecosistema. Noción elemental que debería hacernos tan responsables por el espacio que ocupamos, como lo somos de nuestros propios cuerpos.

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Luis Germán Naranjo, Director de Conservación de WWF-Colombia
© WWF-Colombia / Andrea Parra Jiménez